Un papa que inquieta a los "talibanes"
A pesar de sus ideas conservadoras, Benedicto XVI desilusionó a los que querían decisiones drásticas
ROMA.- Joseph Ratzinger tenía programado retirarse a su tranquila casa de Pentling, en Alemania, donde solía transcurrir sus vacaciones cuando trabajaba en la Curia romana. Hace exactamente dos años, cuando fue elegido sucesor de Juan Pablo II, sus planes tuvieron que cambiar drásticamente. Sólo logró volver a su remanso de Pentling por un par de horas durante su viaje papal a Alemania, en septiembre pasado. Y desde la fumata blanca del 19 de abril de 2005 debió enfrentar el peso de calzar los zapatos de un gigante.
A la hora de trazar un balance de sus dos años de pontificado, lo primero que suelen destacar los analistas es que Joseph Ratzinger, que fue durante más de 20 años el brazo derecho de Karol Wojtyla como custodio de la ortodoxia católica (prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe), decepcionó a quienes temieron la llegada del "rottweiler" de Dios al trono de Pedro. Más allá de su fama de intransigente y de sus ideas conservadoras, Ratzinger sorprendió por su amabilidad, gentileza, perfil humilde, abierto a escuchar a los demás y por su capacidad de corregirse.
Luego del traspié de Ratisbona (cuando en una disertación académica, según él malinterpretada, ignorando que hablaba ante las cámaras de todo el mundo, inflamó al mundo musulmán), el extraordinario gesto que hizo en Estambul -cuando rezó en una mezquita- indicó para muchos que había aprendido la lección. Como líder mundial, jefe de más de 1000 millones de católicos, el papa-teólogo se dio cuenta de que un gesto puede valer mucho más que mil palabras.
Su pontificado se diferencia del anterior no sólo porque es mucho menos mediático, sino también porque es menos político -pretende concentrarse más en lo espiritual y doctrinal- y menos abierto al mundo. Ratzinger, de hecho, limitó drásticamente las audiencias con los nuncios y con los políticos de otras naciones.
Sin mano dura
Concentrado en la defensa de los valores del catolicismo y contra "la dictadura del relativismo" que sacude a Europa, Benedicto XVI, que el lunes cumplió 80 años, también sorprendió a quienes esperaban un papa de mano dura y decisiones rápidas. La reforma que emprendió en la Curia Romana hasta ahora ha sido lenta, lamentan muchas voces.
Sólo para reemplazar al ex secretario de Estado cardenal Angelo Sodano por el fiel cardenal Tarcisio Bertone tardó más de nueve meses.
Cuando viajó a Valencia en julio del año pasado para el Congreso Mundial de la Familia, Benedicto XVI no utilizó los tonos duros que muchos esperaban. Tampoco lanzó el dedo acusador contra el gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, paladín del divorcio exprés y del matrimonio homosexual, sino que sorprendió por su lenguaje. Su objetivo era ofrecer una visión positiva de la familia cristiana. "El cristianismo no es una colección de prohibiciones: es una opción positiva", aseguró luego en una entrevista a la televisión alemana. Con este perfil bajo y un estilo distinto del de su antecesor -durante cuyo reinado el diálogo con las iglesias ortodoxas quedó congelado- , Benedicto XVI logró avances en el ecumenismo, especialmente con el Patriarcado de Moscú.
En este marco, quienes temieron en su momento la llegada de un papado "talibán" dieron un suspiro de alivio. Los sectores que, en cambio, apostaban a un giro en ese sentido (y que apoyaron la candidatura de Ratzinger) quedaron decepcionados y alarmados. El año pasado, el padre Richard John Neuhaus, un reconocido intelectual "neocon" canadiense, admitió que había "una palpable inquietud" ante la falta de acciones decisivas del Papa. "Pensábamos que habíamos elegido a Ronald Reagan, pero nos encontramos con un Jimmy Carter", resumió otro "neocon" norteamericano.
Más allá de la desilusión de los conservadores, para entender mejor el rumbo de este pontificado "de transición" habrá que esperar la iniciativa personal, en la que próximamente el Papa liberalizará el uso de la misa tridentina, que permitirá a todo sacerdote celebrarla en latín, enfrentado al altar y de espaldas al público, sin tener que pedir permiso al obispo local, como sucede hoy. Varios analistas creen que el motu proprio puede provocar divisiones. En este tema clave, Benedicto XVI también se está moviendo lentamente antes de decidir.
Por Elisabetta Piqué
Corresponsal en Italia
No hay comentarios:
Publicar un comentario